[El rincón del hincha] Central 1 - Nievels / Pechos Boys / AbandoNob 0
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Como en la eliminación del Chelsea el semestre pasado, limito la subjetividad al palo al título del post y trato de mantener la cordura en el resto del posteo.
Pasaron ya 48 horas de la revancha entre Central y Newell’s, el partido más esperado (por mí y todo rosario al menos) del año. Para el que nos lea desde algún país lejano (?) y no tenga idea de lo que genera un clásico de estos, resumo algunas de las cosas que el mismo ha dejado a través del tiempo.
Central – Newell’s puede no ser el clásico que le importe a más gente en el país. Boca y River concentran muchos más hinchas, dinero, títulos y poder de difusión, por lo que con justicia se denomina al enfrentamiento entre ellos como el “superclásico” del fútbol argentino y, después de Barcelona – Madrid, Celtic – Rangers y algún otro que se me esté escapando, se lo considera como uno de los más trascendentales a nivel mundial. Pero lo que tiene de particular el clásico rosarino es la rivalidad, cómo una ciudad completa se paraliza durante 90 minutos y cómo el estado de ánimo de las próximas semanas depende del resultado que deje ese partido. ¿Semanas dije? Años y décadas también.
El 19 de diciembre de 1971 Central y Newell’s tenían que jugar la semifinal del Campeonato Nacional. El partido tuvo muchísimos condimentos y particularidades. Fue el primero y único encuentro oficial entre ambos jugado en Buenos Aires, y caravanas de rosarinos llegaron hasta el Monumental de Núñez para presenciar lo que podía ser el histórico pase a la final de sus equipos, que nunca se habían consagrado campeones todavía. Y el 0 a 0 parecía mantenerse inalterable hasta que un centro al área fue cabeceado en palomita por Aldo Pedro Poy para sentenciar el triunfo Canalla y darle a Central el pasaje a la final en la que terminaría consagrándose campeón.
Es dable pensar que ningún hincha que haya vivido este hecho podría olvidarlo fácilmente, pero no es sólo el recuerdo lo que ese gol ha dejado como huella en la historia de Central y de la clásica rivalidad rosarina. Desde ese día en adelante, un grupo de hinchas que conformaban la OCAL decidieron que ese instante de gloria no podría quedar sólo como eso, como un momento pasajero y efímero al que el paso del tiempo terminara destiñendo por completo, y se dedicaron a conmemorar aquel vuelo en cada aniversario del mismo para convertirlo en inolvidable, recreándolo mediante actores, hinchas y hasta con el mismo Poy haciendo de sí mismo en los más diversos escenarios alrededor del mundo. Este año, por poner un ejemplo, la celebración tendrá lugar en el balneario uruguayo de La Paloma, cuyo sugestivo nombre se volvió irresistible para este grupo de locos lindos a la hora de pensar en formas alternativas de revivir aquella tarde.
El grado de euforia despertado ese día hace casi 34 años llegó a tal punto que cuando, a pocas horas de haberse producido los hechos, José R. De Rienzo, el encargado de marcar a Poy en esa jugada y en cuyo abdomen rozó la pelota luego de ser impactada por Aldo Pedro, debió ser operado de urgencia debido a una apendicitis, uno de los médicos encargados de realizar la cirugía, fanático centralista y miembro de la OCAL, decidió quedarse con el apéndice extraído para conservarlo en un frasco de formol y poder exhibirlo en el museo de la organización como “tesoro de guerra” de aquella jornada, rotulado como el "órgano por el que a 20 cm. del mismo pasó la pelota que llevaba destino de gol luego del cabezazo".

Pero no es el único hecho de este clásico que ha pasado a la historia, aunque sí sea quizás el más notorio, pues está a punto de ser incluido en el libro Guiness de los records como “el gol más festejado de la historia”.
El 23 de noviembre de 1997 Central y Newell’s se enfrentaron por el torneo apertura en el Gigante de Arroyito. El partido estaba dejando como saldo una goleada histórica, un 4-0 favorable a los Canallas con un “ole” ensordecedor bajando de las tribunas y hasta intentos de gol de rabona de parte de los locales. Los rojinegros se habían quedado ya con tan solo 7 jugadores debido a las expulsiones por abusar del juego brusco para frenar los avances centralistas, y quedaban aún 30 minutos por jugarse cuando sucedió lo inesperado: el lateral uruguayo José Herrera cayó al piso simulando una lesión instantes después de que el entrenador Mario Sanabria hubiera agotado los cambios, dejando a su equipo con 6 jugadores y obligando al árbitro del encuentro a suspender el partido, hecho que dio origen a lo que en el mundo centralista se conoce hoy como “lanzamiento de toalla”, competencia en la que un grupo de fanáticos arrojan una toalla rojinegra a distancia o apuntándole a algún objetivo y entregándole premios a los ganadores para conmemorar año a año el abandono de aquel día.
Y esto es sólo por mencionar algunos casos, pero el historial es aún mucho más rico en partidos, festejos y gastadas. Sin embargo, considero que con estos ejemplos basta para graficar el fervor con el que se viven y la importancia que se le da en la ciudad a estos clásicos y para que se entienda la magnitud que podía tener lo que ocurriera anteayer en Arroyito, en la revancha por la Sudamericana, una copa quizás menor pero revalorizada al menos en esta instancia por el hecho de que, por tercera vez en la historia, se enfrentaran Central y Newell’s en un partido de eliminación directa, del que sólo uno podría salir con “vida” (y pongo vida entre comillas para no terminar pareciendo una de esas fatalistas propagandas de Fox Sports que anuncian los partidos cual luchas del coliseo romano).
El paupérrimo partido de ida, al que ya nos hemos referido abundantemente en este mismo blog, había dejado un amargo 0 a 0 como resultado, lo que le significaba a Newell’s la posibilidad de clasificar a la siguiente fase con solo obtener un empate con goles.
Los miedos, otra vez, se hicieron presentes antes que el fútbol, pero sin embargo el partido fue mucho más emocionante que el de hace dos semanas. De arranque, una pelota perdida en la izquierda de la defensa de Newell’s fue aprovechada por Vitti para sacar un derechazo al primer palo que Villar descolgó de un ángulo. Pasaron unos minutos para que llegara el mejor momento de los visitantes: una m ala salida del arquero ojeda le dejó el arco libre a Silva para definir, y lo hizo de taquito (pues estaba de espaldas) y desde el área chica, pero entre Rivarola y Papa se las arreglaron para sacar la pelota en la línea y mandarla al córner. Minutos después, Scocco tiró dos sombreritos en el área, el segundo al arquero para definir mandándole la pelota por arriba y hacerla ir hacia el arco picando, despacito, ante la sufridísima mirada de quien escribe y del resto de la parcialidad centralista. Pero un providencial salto del boliviano Raldes, que venía corriéndola desde atrás, alcanzó para, estirando al máximo la columna vertebral, sacar apenas con la cabeza la pelota que estaba a tan sólo un par de centímetros de cruzar la raya de gol y meterse en un ángulo por un costado.
Newell’s presionaba y lograba ahogar a Central por momentos, pero tampoco era capaz de mostrar un dominio abrumador. El trámite fue parejo dentro de todo hasta que llegó el minuto decisivo: ya en tiempo de descuento, central salió jugando en un tiro libre, Ferrari llevó la pelota hasta el borde del área y desde ahí tiró un centro que Ruben peinó en el primer palo descolocando a toda la defensa leprosa y dejando solo a Pirulo Rivarola, que con un zurdazo de volea fusiló al muy buen arquero visitante Justo Villar y desató la locura con el 1-0 parcial para irse al descanso.
El desarrollo de la segunda mitad favoreció a un central mucho más inteligente que tuvo la pelota lejos de su arco y, cuando newell’s se desesperó por lograr el gol de la clasificación, pudo haber liquidado el partido con un par de chances de contra y un tiro libre de Rivarola que terminó dando en el travesaño. Pero por esa especie de inercia inversa que lleva a los equipos que están ganando por un gol un partido cerrado a encerrarse contra su arquero en los últimos minutos, Central se olvidó de lo que venía haciendo y prefirió acurrucarse en su área a esperar los pelotazos rivales en los últimos minutos, y las consecuencias pudieron haber sido nefastas de no ser por un par de milagros ocurridos en el tiempo de descuento. Primero, ante una pelota que quedó boyando en el área y terminó siendo rematada con fuerza al arco de Ojeda, pero que – nuevamente – Pirulo Rivarola salvó arrojándose de cabeza a tapar el disparo, y llegando a tocar la pelota con el brazo, lo que generó algunas polémicas una vez finalizado el partido (no durante, pues el tiempo apremiaba y había que intentar meter el gol salvador en el minuto y medio que restaba más que quedarse reclamando).
Quedaba la última: otro pelotazo desesperado al corazón del área, en el que varios de los defensores que ya todo habían sacado durante los 90’ se vieron imantados por la pelota y fueron a buscarla, dejando solo nuevamente al uruguayo Silva, al que la pelota le llegó después de un rebote, de espaldas y casi en el área chica, como en el primer tiempo, sólo que esta vez con Ojeda y no Rivarola esperando centímetros delante de la línea. Y la resolución del delantero fue la misma: tacazo de primera, sin pararla ni mirar al arco.
El reloj de la tele a través de la cual la distancia que me separa de Rosario me forzó a ver el partido marcaba exactos los 49 minutos (el árbitro había adicionado 4) cuando el botín impactó la pelota, lo pude comprobar ayer en la repetición del partido. Todo Rosario y algunos hinchas más dispersos alrededor del mundo con los corazones paralizados miraban... mirábamos la jugada sin poder pensar en nada que fuera más allá del próximo segundo y medio, del destino que tendrían esa pelota y nuestras gargantas, si podrían gritar el gol o la victoria, dependiendo de los colores que tuviera nuestra camiseta. Arrodillado, en la posición en la que vi los últimos 3 minutos del partido, pude observar como la pelota se dirigía efectivamente al arco, pero a la posición en la que se encontraba el arquero auriazul, que alcanzó a cerrar las piernas en el momento justo para frenar el avance de esa esfera de nosécuántos centímetros de circunferencia que nos podía cambiar la vida aunque más no fuese por unos días y terminó por caerse de culo sobre la misma, quedando casi en la misma posición en la que yo me encontraba en casa, pero con la pelota en su control, ya sin velocidad suficiente para cruzar esa temida línea de cal. La tomó con ambas manos y la tiró de un derechazo furibundo a la mismísima mierda en el preciso instante en que Elizondo pitó el final del encuentro y desató los nudos que contenían gritos de victoria en las miles de gargantas centralistas.
Algo hizo que Central pasara. Un centímetro marcó la diferencia entre tener hoy a algún hincha de Newell's empezando a construir una réplica exacta del talón de aquiles de Silva bañado en bronce (?) y tener algún día de estos a algún Ocalista haciendo una estatua de los tobillos de Ojeda cerrados apenas un centímetro más de lo que mide el diámtero de la pelota para materializar ese "algo". Lo que era seguro era que fácil no se iba a olvidar esa noche. Menos mal, entonces, que al que le escribió las reglas al fútbol no se le ocurrió poner que la circunferencia de la pelota debía tener un mínimo de 65 centímetros en vez de los actuales 68.
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